lunes 29 de junio de 2009

Crítica al Insurreccionalismo.*




Para comprender el insurreccionalismo, hay que comprender que estas concepciones son, en primer lugar, fruto de determinados momentos históricos. Toda idea política es hija de su época.

Sobre el contexto político en que se gesta el insurreccionalismo.

Primero que nada, quiero insistir en que si bien el insurreccionalismo aparece como una nueva concepción del anarquismo, en diversos momentos históricos, y bajo diversas banderas políticas –marxistas, republicanos y anarquistas, han emergido movimientos que en lo fundamental comparten una serie de elementos que les asocian al insurreccionalismo: rechazo en la práctica de cualquier tipo de organización con algún grado de proyección en el tiempo (organización “formal”, según los insurreccionalistas), rechazo del trabajo metódico y sistemático, desprecio de luchas populares por reformas y las organizaciones de masas, todo lo cual tiene por contraparte al voluntarismo, maximalismo, una aproximación primordialmente emocional a la política, un cierto sentido de urgencia, de impaciencia y de inmediatismo.

Las condiciones para el surgimiento de esta clase de tendencias en el movimiento anarquista han ocurrido en ciertos momentos históricos muy particulares, en los cuales, por lo general, se ha combinado la represión por parte del sistema con el repliegue del movimiento popular. Estos dos factores han sido un caldo de cultivo histórico para tendencias insurreccionalistas en el anarquismo. El primer antecedente, fue el desarrollo de la “Propaganda por el Hecho”, la cual nace como práctica en el anarquismo después de la represión de la Comuna de París. Luego tenemos el surgimiento del terrorismo en Rusia durante la represión que siguió a la revolución de 1905 y del ilegalismo en Francia en los momentos previos a la Primera Guerra Mundial. En Argentina, estas tendencias afloraron a fines de los años ’20 y durante la década de los ‘30, años de aguda represión y de repliegue del poderoso movimiento obrero trasandino, como expresión desesperada, aunque heroica, de un movimiento en decadencia. Luego, en Italia y Grecia se desarrollan durante los años ’60, décadas en que se experimentó con fuerza el reflujo de la post-guerra y la derrota política del movimiento de izquierda anti-fascista, aplastado desde la propia izquierda por el estalinismo. En España, la experiencia del Movimiento Ibérico de Liberación (MIL) se desarrolla en los ’70, cuando se ve que el franquismo se va a acabar de “muerte natural” y cuando la transición pacífica, con exclusión de los sectores revolucionarios, ya se estaba maquinando. Incluso, la mención que hace el compañero Black del origen del insurreccionalismo en el mundo anglófono durante los años ’80 no es un dato de menor importancia: estos son años, nuevamente, de un fuerte repliegue del movimiento popular y de la ascendencia del neo-conservadurismo, de la mano del thatcherismo en Inglaterra y de las “Reaganomics” en los EEUU.

Incluso en Chile, la experiencia del MJL (Lautaro), que creo es el antecedente directo que da una cierta tradición a un movimiento criollo de características insurreccionalistas, se desarrolla a fines de los ’80, cuando se signa el futuro del movimiento popular que se desarrolló en la lucha en contra de la dictadura, que había echado mano, sin vergüenzas, a “todas las formas de lucha”. Así mismo, son los momentos en que comienza el repliegue que se acrecentará con el bloqueo de las instituciones democráticas a las formas en que la lucha popular se había expresado, hasta ese momento, bajo la tiranía de Pinochet.

Esta condena de las organizaciones populares y este inmediatismo en la acción, que por lo general, no pondera el impacto que las acciones tienen sobre la conciencia popular, y que muchas veces, en la práctica, cae en un vanguardismo extremo (aunque teóricamente haya un distanciamiento del concepto de vanguardia), tienden a exacerbar el aislamiento, lo que facilita, aún más, las tareas represivas y de exterminio de la disidencia del sistema.En otras palabras hace que la represión, al haber acciones insurrecionalistas sin el consentimiento de las masas, adopte aun mas modos represivos contra el pueblo.

La Generalización de la Excepción

Los momentos álgidos de la lucha de clases, si bien son los momentos más significativos de ésta, son, a la vez, momentos excepcionales. Son las bisagras en la historia cuando el sistema entra en crisis y se abren de par en par nuevas oportunidades para alternativas revolucionarias o radicales. Está precisamente en la naturaleza misma de la lucha de clases que existan momentos de avanzada y de reflujo; eso hace necesario que la organización revolucionaria tenga una visión estratégica.

Respecto al insurreccionalismo, como ya hemos expresado, también pareciera haber una generalización de ciertos momentos de la lucha de clases álgidos. Y la aplicación exclusiva de formas de lucha propias de momentos álgidos, descontextualizadas y en momentos de reflujo, en detrimento de otras, también pareciera estar mostrando esta tendencia que hemos descrito a cristalizar momentos históricos. Lo que puede redundar en consecuencias nefastas.

El movimiento revolucionario debe aprender a ser flexible, a acomodarse a situaciones nuevas sin perder sus principios y sus políticas fundamentales. Hay que rechazar el dogmatismo, no sólo en el plano teórico, sino que también en el plano táctico.

El Dogmatismo Táctico

Uno de los problemas más graves del anarquismo hoy es el dogmatismo, pues éste reemplaza el análisis concreto de la realidad por una serie de consignas eternas y absolutas. En realidad, el dogmatismo es la contra cara de la insuficiencia teórica. Los documentos teóricos del anarquismo contemporáneo están muchas veces plagados de imprecisiones y de visiones rígidas impermeables al contraste con la realidad. Pero al contrario de lo que muchos creen, no es sólo en el plano “ideológico” donde se aprecia el dogmatismo como una omnipresente pereza intelectual. Este dogmatismo se hace sentir mucho más fuerte en el plano táctico.

Algunas de las formas en que este dogmatismo táctico se expresa, es en la tendencia entre los anarquistas a enunciar un principio, a enunciar una posición política –por lo general, nada más que fórmulas predecibles, calcadas a lo ya dicho en contextos y lugares totalmente diferentes por otros anarquistas- y luego intentar, posteriormente, justificarla. Es hacer las cosas al revés: los esfuerzos analíticos son hechos a posteriori de la toma de posición.

Otra de las formas en que este dogmatismo táctico se expresa, es en la construcción de ideologías y tendencias alrededor de una única táctica: encontramos resabios de esto en ciertas formas de anarco-sindicalismo y también en el insurreccionalismo. Esta es una línea de pensamiento bastante débil, que reduce la complejidad del panorama político y de la lucha libertaria a fórmulas únicas y sagradas.

Lo que es importante notar, es que muchas veces, la lucha revolucionaria exige una variedad de tácticas que se imponen por necesidad en la propia práctica: formas pacíficas y formas de resistencia armada, utilización de mecanismos legales y rompimiento del marco legal, formas públicas y formas clandestinas, todo esto ha sido utilizado, a veces simultáneamente, por el movimiento libertario y el único parámetro que se puede utilizar es el medir qué tan efectivas son estas acciones en relación a los objetivos que el movimiento se plantea, así como en relación con el progreso en la construcción del poder popular y el debilitamiento del poder burgués.

Defensa, Ataque y Victoria

Esta flexibilidad táctica significa asumir junto con nuestra acción, la necesidad de la evaluación política y el análisis. Es una máxima conocida que no hay praxis revolucionaria sin teoría revolucionaria y viceversa. La pura teoría política no nos sirve, como tampoco nos sirve la pura práctica; pero ambos conceptos son irrelevantes sin análisis político para hacer que teoría y práctica vayan de la mano y sean relevantes al aquí y al ahora. Así como para que nuestra práctica sea efectiva.

La teoría nos entrega herramientas de interpretación de la realidad, pero hay que aplicarlas, comprendiendo que hay factores objetivos, factores subjetivos y una amplia gama de factores que mezclan de ambos elementos. Es la consideración de estos factores lo que orienta la práctica. Lo que nos dice cómo avanzar. Hago la aclaración de que siempre nuestra vista va hacia el frente y no favorecemos la espera: siempre podemos hacer algo en el presente. Qué es lo más recomendable, eso varía mucho dependiendo del contexto y no podemos tener una alternativa prefijada, ni respuestas fáciles.

En momentos de reflujo es fácil caer en la impaciencia, en el voluntarismo, en el fetichismo de la acción. Nosotros sabemos que los procesos sociales son largos y no los queremos hacer más largos, pero también sabemos que la historia no tiene atajos, que los procesos de construcción son largos y que la “lucha final” es un mito que en realidad se desarrolla en diversos procesos de lucha y confrontación en la historia. Debemos estar preparados para los momentos en que podemos pasar a la ofensiva frontal, pero concientes de la complejidad de los procesos sociales y de las fluctuaciones en la lucha de clases, debemos estar igualmente preparados para afrontar los momentos en que el Estado y los capitalistas saquen todas sus garras, así como para los momentos de reflujo en que la indiferencia quizás nos golpee más fuertemente que la represión. El revolucionario, ante todo, debe aprender el arte de la paciencia. La impaciencia, como nos muestra la experiencia revolucionaria, no es buena consejera. Esto, insisto, no significa esperar, sino saber elegir qué clase de acciones elegir en determinados momentos.

Quiero decir con esto que el “ataque”, concepto central en el insurreccionalismo, no lo es todo; en la lucha revolucionaria hay ataque, como también hay defensa, hay momentos para avanzar, como también hay momentos para mantener posiciones. Hay a veces que escoger el momento correcto para la ofensiva y nada de esto está predicho en ninguna de las doctrinas revolucionarias. Esto sólo se adquiere mediante la experiencia, la claridad política y sobre todo, por un ambiente de crítica sano, serio y maduro. Al final de cuentas, lo que nos interesa no es realizar acciones para calmar la conciencia de los compañeros, sino que nuestro interés real es la victoria y, lamentablemente, el número de ataques no necesariamente suma hacia este objetivo.

La Discusión y la Praxis Revolucionaria

Muchos de los puntos débiles del anarquismo son llevados al paroxismo por el insurreccionalismo. Quiero decir que muchas de las cosas que consideramos fundamentalmente erróneas en ellos, no son patrimonio propio de los insurreccionalistas, sino que se encuentran de una u otra manera presentes en el anarquismo en general. Hemos hablado de la cristalización de momentos históricos, de la generalización en base a experiencias extraordinarias, del dogmatismo táctico; pero también vemos que un aspecto que es extremadamente débil en el anarquismo es la carencia casi absoluta de una tradición de discusión constructiva. Las discusiones entre los anarquistas rara vez se han orientado a clarificar situaciones o a buscar soluciones a los problemas que enfrentan los revolucionarios en la práctica, sino que la mayor parte de las veces se motivan en un doble ejercicio de condenar a los desviados y demostrar quien es el verdadero referente de la pureza ideológica.

Otro gran problema de la discusión entre anarquistas es la utilización de conceptos generalizantes, que en realidad más ayudan a obscurecer que a aclarar el debate. Por ejemplo, muchas veces se critica a los “sindicatos” como si todos fueran la misma cosa… obviando que hay un mundo de diferencia entre unos y otros. El agruparlos en la misma categoría no sólo no ayuda al debate sino que es un error garrafal que evidencia una debilidad política y conceptual abismante.

Estos factores, entre muchos otros, han ocasionado serias falencias en el debate en los medios libertarios. No es nuestra intención en esta ocasión buscar las razones de esta falencia, las que responden a un número de factores (aislamiento, idealismo, falta de práctica real, dogmatismo, sectarismo, purismo, etc…), sino que sencillamente queremos constatar la relación que existe entre la ausencia de una tradición de discusión constructiva y el problema de generalizar terminos constata en los términos en que plantean el debate: o están con nosotros o están contra nosotros.

Tambien se plantea un desacuerdo con los términos chantajistas en que las criticas a las acciones insurreccionalistas son vistas por éstos como un alineamiento con el Estado y la represión. Nadie está libre de la crítica revolucionaria, mucho menos los mismos revolucionarios. No es legítimo ni honesto decir que quien critica una acción estúpida está “ajustando la camisa de fuerza” o está legitimando la represión, o está del lado del Estado, o es un timorato.

Pero sí quiero destacar que la línea que divide la crítica de izquierda de la de derecha debe ser marcada tajantemente y no se puede dejar como una frontera difusa. Pues si bien es muy cierto que no tenemos por qué aceptar todo lo que hacen otras organizaciones ni tenemos por qué guardar silencio ante actos que consideramos estúpidos o equivocados, tenemos que estar siempre concientes de que nuestras críticas pueden ser utilizadas por el enemigo de clase, si éstas no son claramente formuladas, y si no se distingue ante todo con quien tenemos una diferencia antagónica (Estado-Capital) de nuestros camaradas con quienes podemos tener diferencias políticas que, por marcadas que estas puedan ser, no nos ponen necesariamente en lados contrarios de la barricada. El problema no es la crítica, sino cómo se formula ésta. No queremos que nuestra crítica se transforme en un argumento para la represión ni que juegue a favor del enemigo. Recordemos que el sistema está siempre buscando sembrar la división y buscan cualquier oportunidad para poder atacar a la disidencia.

Pero no solamente la crítica contra el insurreccionalismo puede ser usada por el Estado y sus fuerzas represivas; de hecho, las mismas críticas de los insurreccionalistas pueden llegar como maná del cielo al Estado para justificar su despliegue represivo. Un ejemplo patético de esto, es la declaración que sacó la Coordinadora Informal Anarquista (CIA, vaya una sigla) de México ante los sucesos de Oaxaca (“Solidaridad directa con los oprimidos y explotados de Oaxaca” 16 de noviembre), en la que el grueso de la declaración es en contra del APPO. La CIPO-RFM y otras organizaciones populares que estaban en directa confrontación contra el Estado y el Capital. Nada de teoría, eso era la lucha de clases llevada a su máxima expresión. Pero ellos preferían gastar más saliva y tinta criticando de manera bastante deshonesta, y con algunos de los mismos argumentos con que los medios de prensa del Estado cuestionaban al movimiento de Oaxaca. Esta crítica no sólo fue reaccionaria, sino que además inoportuna, llegando en momentos en que los compañeros más requerían de solidaridad y en que la represión recrudecía.

Como conclusión…

Creo que el insurreccionalismo es útil en el debate actual no tanto por la crítica que hace a las organizaciones autoritarias o a la izquierda, y ni siquiera al movimiento anarquista, sino porque evidencia muchas de las falencias más graves en el movimiento libertario. Es una imagen refleja de nuestras debilidades históricas y de nuestras insuficiencias. Muchos de los compañeros que se apresurarían a tomar distancia del insurreccionalismo, se sorprenderían de saber que si bien puedan discrepar del producto final con éste, quizás comparten muchos de los fundamentos políticos más de fondo con ellos y adolecen de aspectos políticos semejantes. Me parece que el insurreccionalismo no es, como algunos compañeros quisieran hacernos creer, un producto aberrante de la confusión ideológica de las décadas recientes, sino que ha sido un factor que se ha expresado en distintos momentos históricos, ante ciertos procesos muy particulares, y que su expresión ha sido posible por la existencia de falencias políticas graves y de concepciones, en nuestra opinión, equivocadas. Estas concepciones no son algo nuevo, sino que se arrastran de hace largo. Ni tampoco se limitan al campo insurreccionalista –son más transversales, en nuestro movimiento, de lo que de primeras podríamos creer.

En definitiva, creo que el insurreccionalismo se ha incubado, nutrido, criado y desarrollado a la sombra de los propios errores del movimiento anarquista (cosa que es igualmente válida para otras versiones de izquierda que también han presentado sus versiones particulares de “insurreccionalismo”) y su expresión conciente, como tendencia en derecho propio en el último tiempo, nos da la oportunidad de tratar estas situaciones políticas más de fondo y darles solución.



*extraido de http://correomilitante.entodaspartes.net